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Si dos personas habían nacido para vivir unidas eran ellos sin duda alguna.

Desde el momento de conocerlos percibí que les rodeaba una especie de halo que les unía y a la vez les hacía aislarse del mundo exterior, como si ellos formaran por sí un universo independiente de todo lo demás... y que todo lo demás fuera accesorio, casi innecesario.
Parecía que ellos dos, juntos, se hubieran bastado para vivir sin necesidad de nada más.

Sin embargo, habían decidido no seguir juntos.
Nunca alcanzaré a entender bien el porqué.

Si fue por algo que no podría perdonarle el uno al otro, o qué fue lo que hizo que tomaran aquella decisión, lo cierto es que lo asumieron con total normalidad, como si formara parte necesariamente de la fatalidad, del proceso evolutivo de su relación.

Y, aun así, ese halo les seguía envolviendo.
Esa sensación de que sólo uno de ellos podía saber lo que pensaba el otro, sin necesidad de palabras, con sólo una mirada, un gesto, imperceptible a los ojos de los demás, pero cuyo código podría descifrar rápidamente y saber penetrar en su alma como el que entra en su habitación y, aún a oscuras, y conoce dónde se encuentra cada objeto, adónde se tiene que dirigir para cogerlo, y llevarlo consigo. .

Me sorprendió que todavía siguieran amándose y aun así asumieran el adiós como parte de su destino inevitable. Sin rencor y sin reproches.

No habría banquete de bodas, ni baile, ni vestido de novia.
Esa fiesta ya había terminado para ellos, y ni siquiera había sido casi ni planificada.
Ahora, sólo quedaría un recuerdo.

Cada cual por su lado.
Con el amor, flotando en el aire, causando dolor.

Las lágrimas ya hace tiempo que acabaron. También la ansiedad.
Ahora sólo quedaba, como un resto de aquella tormenta, una neblina que hacía el aire espeso y poco claro, con esa sensación de frialdad que dejan las neblinas.

Ésta sería la última vez que se citarían, no habría un hasta mañana. Una tarde melancólica de invierno, cuando se echa de menos sentir un cuerpo cerca, la mano de alguien que sabes va a cuidar de ti, y cuando aceptas que no será más así.

No cabe lamentarse del destino cuando ese destino lo has firmado tú, lo has consentido y lo has aceptado.

Sólo quedarán estas imágenes . . .en sus mentes.

http://www.pacovallejofoto.com/2013/03/la-tarde-del-adios.html